Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón,
la bella Inés, el jamón
y berenjenas con queso.


(Baltasar del Alcázar)

miércoles, 5 de enero de 2011

De correctores e impresores

La mayoría de los lectores actuales se sorprenderían si fueran conscientes de qué poco ha cambiado el método de trabajo en la fabricación de libros desde la aparición de la imprenta hasta ahora. Han cambiado los soportes, los materiales, la maquinaria... Pero a fin de cuentas, el reparto de tareas sigue siendo el mismo que el de hace cuatro siglos.
Con algunas sutiles diferencias, eso sí.

Los correctores tenían una malísima fama de bebedores (calumnias todo, seguramente, ejem). Existen diversos documentos que aducen la bebida como causa de despido. Y yo pienso: ¿quién no tiene ganas de echarse un vino al coleto cuando lleva más de 8 horas leyendo pruebas de imprenta y constatando que, por cada error que corrige, le salen tres nuevos? Un poco de compasión.
El corrector (y en realidad todos los empleados de la imprenta) tenían unas jornadas muy largas de trabajo. Desde el amanecer hasta el anochecer, que era lo que se estilaba entonces (y nadie se echaba las manos a la cabeza). Antes de comenzar a “tirar” un libro, se imprimían unas tres pruebas. Hay que tener en cuenta que la tinta era costosa (jamás como la de nuestras modernas impresoras, santo Dios, pero aún así era cara). Para el proceso de corrección, se necesitaba la asistencia de un lector, que iba leyendo en voz alta el manuscrito preparado por el autor, mientras el corrector seguía atentamente el texto impreso para verificar que todo estuviera conforme al original.
Por supuesto, la puntuación y la ortografía eran decisiones que tomaban en la imprenta, pues como explicaba el impresor Andrés de Angulo:

(...) los autores por maravilla traen los originales bien corregidos ny con buena ortografía ny de puntuación como conviene porque pocos ay que aunque sean muy letrados entiendan esto. (citado en Julián Martín Abad, “Alcalá de Henares, 1547-1616: Talleres de imprenta y mercaderes de libros”, Cervantes y Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantino, Alcalá de Henares, 1997, pág. 5)

(¿A qué me sonará a mí esto?)
Por eso, como decía, el corrector necesitaba un lector. No le servía de nada cotejar el manuscrito con el pliego impreso, ya que los autores, por regla general, utilizaban una ortografía aleatoria, con infinitas variantes, producto de la vacilación y la falta de norma ortográfica de la época. Así que lo que hacía un corrector era asegurarse de que lo que “sonaba” se correspondía con lo que se había impreso. Poco más o menos.
Lo que yo me pregunto es por qué ahora, que sí tenemos fijada una norma, sigue pasando esto. En fin. Fueron las imprentas, por lo tanto, las primeras en establecer normas ortográficas; en unificar y sancionar usos (a gusto del impresor o del corrector, por supuesto), hasta que en 1713 la Real Academia Española de la Lengua comenzó a ocuparse de estos menesteres.

Tras realizar dos o tres pruebas, se empezaba a imprimir el libro. Y mientras esto ocurría, el corrector realizaba la última revisión. Imprimir un pliego podía llevar toda la mañana (según el número de ejemplares que se necesitaran), así que mientras tanto el corrector realizaba la última lectura y cotejo de errores. Siempre (podéis creerme), siempre encontraba nuevos errores en esa última revisión. Así que a veces había emoción en la imprenta. “¡Paren! Hay una errata” Y a veces se paraba, sí; si el error era muy importante. Y se cambiaban los tipos para enmendar el error. Después se seguía imprimiendo, y por supuesto, los pliegos impresos con errata allá que iban con ella. El papel y la tinta no se iban a desperdiciar. Por eso hay decenas de ejemplares de una misma edición con errata, y otros centenares sin ella. Se subsanaba el error sobre la marcha.
Qué carajo. Un corrector en aquel entonces debía de sentirse incluso un poco importante. A veces paraban la imprenta por él. Sólo a veces.

Hablar en profundidad del trabajo del corrector en las primeras imprentas europeas requeriría un estudio detallado del proceso de fabricación del libro. Más adelante, en próximos post, iremos aportando más datos. Quisiera destacar aquí, no obstante, una queja común de correctores e impresores que me ha llamado la atención. En descargo de las erratas que siempre aparecían en los libros, la imprenta solía lamentarse de que la ausencia del autor durante el proceso de corrección e impresión era la causante (en muchos de los casos) de las alteraciones del original. Los autores eran, a lo que parece, muy descuidados, y una vez que daban el original a la imprenta se desentendían de todo hasta que llegaba el momento de hacer cuentas y embolsarse el dinero que les correspondiera.

Numerosos casos particulares y pruebas documentales desmienten este hecho. Pero las quejas reiteradas en prólogos y demás preliminares llegaron a ser un lugar común. ¿Realidad? ¿Exageración? ¿Excusa fácil de impresores negligentes? Es difícil saberlo. Pero cualquiera que haya trabajado en las “imprentas” de los siglos XX y XXI, en el proceso de producción del libro (y en realidad, en cualquier estadio del proceso editorial) estará de acuerdo conmigo en lo difícil que resulta hoy en día quitarse al autor de encima. Ay, Señor... ¡Cómo han cambiado los tiempos! (afortunadamente)

Un apunte que dejo a modo de reflexión para los editores modernos, y de consejo legal para los autores:

[El impresor] si es descuidado en las correcciones, de suerte que resulten muchas en los libros, peca, si es cosa notable el yerro, y está obligado a los daños.
Si no sabe bien la ortografía, así del latín como del romance, y de otra cualquiera lengua en que se suelen imprimir los libros, peca y hace mal en ejercer el oficio.
Si deja, de industria, pasar por alto las enmiendas en cosa notable, peca y está obligado a satisfacer los daños.
Si deja pasar por algo los yerros de los componedores, en cosa notable, peca y está obligado al reparo de los daños.
Si, a falta suya, no provee de corrector hábil y suficiente, peca y está obligado a los daños.
(Hernando de Camargo y Salgado, Tribunal de la conciencia, Madrid, 1628)

5 comentarios:

Me llaman de todo.. dijo...

Imposible no estar de acuerdo con Baltasar del Alcázar, no hay nada como unas berejenas con queso.
Ánimo en tu nueva aventura.

Maritornes dijo...

Muchas gracias. Espero que las berenjenas gusten a mucha gente.

Victoria Dubrovnik dijo...

Estamos expectantes esperando a ver qué se cuece en este rincón...

Tenemos la servilleta puesta, y haciéndose la boca agua :)

Suerte en tu nueva andadura!

picapica dijo...

Un placer descubrir Berenjenas con Queso en su entrada inaugural.
Enhorabuena por tu empeñado amor al libro, Maritornes.

Maritornes dijo...

Victoria y picapica, muchísimas gracias. Me encanta que os hayaís embarcado en esta aventura.